Nacional IV, llegas al final, ves a la lejos un puente, y de repente: Cádiz. No hace falta abrir los ojos, o apartar la vista del libro que estás leyendo, para percatarte que tienes ante ti la mancha de casas salpicadas de cal, construidas a base de piedra ostionera ,que conforman la tacita de Plata.
No hace falta, digo, porque antes de que te des cuenta, tu cuerpo ha respirado ese aroma con el que los gaditanos han vivido durante siglos a merced del comercio, el viento, las olas y la luz. Ese olor a sal que invade cada poro de tu piel, cada alveolo, y te invita a pasar, a tomarte un baño en sus playas o a disfrutar de su gastronomía, su gente y su historia.
Te reconforta la sensación de estar caminando entre sus laberínticas calles, con el rumor de las olas de fondo, el bullicio del mercado central, o las altivas voces de las marujas en los portales comentando los pormenores de la vida social gaditana o, por llamarlo de otra forma, cotilleando.
Pocas cosas recuerdan estas sensaciones, como sumergirse y pasar las páginas de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte: El Asedio. Un tocho de más de 700 páginas llenas de historia, de personajes, tramas, pasiones, lucha, entrega, y llenas de tinta, claro está.
Uno, aun siendo gaditano, que ha recorrido innumerables veces las calles de la tacita, empieza a ver su ciudad de una manera diferente después de leer ciertos libros. Se pueden imaginar lo reconfortante que es coger un libro que solo un grande de las letras puede escribir y descubrir, a través de sus páginas, la historia de tu ciudad. Me pasó con el episodio nacional “Cádiz”, del maestro Pérez Galdós. Y todavía veo a Gabriel de Araceli por la calle ancha, blasfemando injurias por lo bajini a ese Lord Gray, mientras iba a buscar a su querida Inés.
Y gracias a “El Asedio” de otro Pérez, Reverte en este caso, puedo imaginarme a Rogelio Tizón por la plaza de San Antonio, ofuscado y buscando entre las caras de la gente que por ahí pasa, la cara del asesino. Me podré imaginar también a esa buena moza llamada Lolita Palma, atractiva comerciante donde las halla, con su delirante contoneo de cintura dirigiéndose, muy mona ella, a la fiesta que el embajador inglés organiza en la cuesta de las calesas. Donde estará Pepe Lobo, Sánchez Guinea, Toño… Y podré comprobar que, aunque vaya a esa fiesta, e intente entrar, el que está en la puerta me dirá, con actitud desafiante, cual portero de discoteca: No se pueden entrar con zapatillas. Y a mí me la traerá floja, porque bajaré la cuesta de las calesas, me asomaré a las murallas a la altura de la puerta del Mar, y divisaré, gracias a la espléndida luna que luce hoy, como los franceses asentados en la Cabezuela se están intercambiando manteca con los españoles que defienden el fuerte de Puntales, muy cercas unos de otros.
Un éxito editorial sin precedentes sin duda. Y es que este escritor levanta pasiones tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Su pluma, pluma de escribir digo malpensados, directa, contumaz … han colocado a Pérez-Reverte como uno de los escritores más leídos en lengua española. Y no es para menos, sus memorables novelas- llenas de aventuras, desafíos, entuertos… - Así lo avalan. Como reportero de guerra que fue, se ha enfrentado a situaciones difíciles: Ha visto lo mejor y lo peor del alma humana y ha podido comprobar in situ los horrores de la guerra. Esto ha permitido que sus propias vivencias quedan reflejadas en sus libros mediante actitudes de personajes, lugares e incluso en el estilo directo y desgarrador de sus palabras. Desmembrando, analizando tan pormenorizadamente la condición humana que da hasta escalofríos.
Y es que en eso consiste esta novela, en la que está recogida de una forma más o menos directa, toda su obra anterior. El que empieza a leerla y se deja llevar por su trama verá que ciertos personajes les recordarán, salvando las distancias, a los aparecidos en novelas como Cabo Trafalgar, el Maestro de esgrima, la tabla de Flandes, el húsar…
Así que Peréz-Reverte, Pérez Galdós; Pérez Galdós, Pérez-Reverte. Tanto monta,monta tanto. Ningún Pérez me ha hecho tan feliz desde el ratoncito Pérez, que me traía chucherías y tonterías que un niño mellado puede desear a su edad.
Con estos dos cracks de la literatura, uno puede viajar a su ciudad tantas veces como quiera. Tan solo tiene que sentarse, ponerse cómodo, y abrir las páginas del libro. Aunque, eso sí, visitar la ciudad donde está ambientada la novela y poder hablar con los personajes, no tiene precio. Salvo el que te gastes en gasolina, avión, tren o autobús, que viendo los tiempos que corren, suele salir un pico.
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